Bienvenidos al mundo que he recorrido en mis vaqueros.
Espero que disfrutéis de las vistas.

Nudos

A veces la vida se retuerce de tal forma que lo cerca se vuelve lejos y lo lejos se mete dentro, más dentro que la sangre.

Y la sangre se enfría, se enfada y se aleja,
y la carne ajena se vuelve sangre.

Y los días se suceden en años, y en esfuerzo, y en constancia.
Y hay años que desaparecen de balde,
y otros días que valen años. O valen vidas completas.

A veces la vida se anuda y se desanuda,
y nosotros no podemos hacer nada.
Solo agarrarla, sostenerla.

Como en la palma de la mano.

ibarranco

El hombre de la tormenta en las costillas


A veces nace un hombre con una tormenta cosida a sí.
Trae los nubarrones anudados fuertemente en algún lugar cercano a la tercera costilla de Adán. O a la sexta, no sé muy bien.
Es como un órgano más, que late con su propio ritmo, y en ocasiones hace hervir la sangre como el agua de un puchero. Pobres condenados, estos hombres. Viven como si controlaran la tormenta que acarrean en las costillas… Ilusión banal de autocontrol y suficiencia.
Pues es la tormenta la que los controla a ellos.
A veces estalla, la muy puta, cuando ni se la oye venir siquiera. Ruge, retuerce, estripa y emponzoña las costillas, la sangre y hasta las manos.
La cabeza se ve embotada, y el corazón también, y el hombre se ve condenado a navegar a la deriva durante el tiempo que dicte la tormenta. Niña caprichosa que respira temblores de miedo y sudor. Indómita, reina de las calamidades. Insaciable, trata de destruir lo que toca. Así funcionan las tormentas.
El hombre a la deriva ha de esperar a que pase. Aguantar el tirón, aferrarse a cualesquiera que sean los maderos que continúen a flote, y dejarla hacer. Aceptar la impotencia humana ante la tormenta. Y resistir el empellón del agua, la negrura sobre el horizonte y la destrucción de los cultivos.

Luego, cuando llega el tiempo en que debe suceder, la tormenta amaina. Y el hombre puede reconstruir lo derribado, calmar  el sollozo de las plantas y prometer –y prometerse- un futuro sin tormentas, ni tapias derruidas.
Pero ése es el tiempo de gesta.
Cuando culmine el ciclo, la tormenta volverá a ennegrecer todo el cielo, a llover y a tronar, despiadada. Volverá a deshacer lo sembrado y a destruirlo todo –menos los muros más resistentes. El hombre lo sabe. La espera. La (pre)siente. Arraigada dentro, y amamantada por la tercera costilla. O por la sexta, no sé muy bien.


Israel Barranco


Las parcelas de jardín

A cada uno de nosotros se nos asignó, al nacer, una parcela del mundo. Es un trozo de huerto no delimitado, sin señalizaciones ni lindes colindantes.

En lo hondo del alma poseemos una caja de herramientas necesarias para mantener vivo ese huerto.
Así de sencilla y compleja es la vida.
Tratar de ir desenterrando de lo profundo del corazón todos los útiles de jardinero.

Siempre hay personas que no comprenden las reglas del juego, y se dedican a tratar de colonizar jardines ajenos, y descuidan el propio. Pretenden adueñarse de todas las parcelas del mundo, para entronizarse sobre calabacines y pimientos y contemplar, satisfechos, su propio imperio del sol.

Pero no funciona así, qué va… El juego es en equipo. Cada uno cultiva su parte, y ha de confiar ciegamente en que todos cultivan el jardín. Si esta fe se pierde, uno se cansa. Piensa que el mundo es demasiado grande, que hay demasiadas parcelas, y que su capacidad como jardinero no da para tanto.
He de advertir, honradamente, que este trabajo –como cualquier trabajo del mundo –desgasta bastante. Sí, hay ilusos que pretenden vivir entre flores y mariposas, dejando a la flora desarrollarse por sí sola. Mas cuando llega el invierno, las plantas mueren. Hay que arraigar bien cada planta, para que sobreviva a la exposición a los elementos.

Los ciclos son otra regla del juego. El mundo es cíclico. El agua llueve, empapa la tierra y vuelve al cielo, en un ritmo constante de acción de gracias. Las semillas mueren para hacer brotar árboles poderosos, que algún día morirán igualmente, dejando tras de sí millones de nuevas semillas. Proyectos de árbol que crecerán algún día –si existe algún jardinero que las cultive. La muerte sólo encuentra el sentido más pleno en la vida que se vive en lo pequeño.

Y la última regla es el amor. La dedicación absoluta del corazón a la tarea. Cuidar la parcela del mundo, sin perder de vista que dicho trabajo es imprescindible en el plan global del Reino de Dios. Aprender a compartir las herramientas con el vecino. Perdonar al sol y a la nieve cuando queman los brotes tiernos que nos ha costado tanto esfuerzo hacer crecer. Asumir que, desenterrar cada herramienta del alma supone regalar ese trozo de uno mismo al universo. Lo que se entrega, nunca vuelve a pertenecer a uno mismo. Sin embargo, el Amor se encarga de organizar el mundo para que cada jardinero encuentre en su tierra pedazos de espíritu que sanen el alma gastada.

Y cuando uno muere, pasa a formar parte del jardín para siempre. Está en cada planta que cultivó. En cada sombra fresca del árbol que ayudó a crecer. Y ese legado pasa, enriquecido o desolado, al siguiente jardinero al que se le asigne aquel trozo de jardín.

Así de sencilla y compleja es la vida…

Israel Barranco


Aquella vez susurraste,
escondida entre los pliegues de mi cuerpo.
Inferiste, transformaste.
Deslizaste cada curva,
cada suspiro exhalado
sobre los latidos de mi pecho.

Aquella vez susurraste,
y fue susurro enraizado. Insólito, estrecho,
flagrante de timidez.
De desnudez y música.

Aquella vez susurraste, y no supe qué leer.
No supe qué interpretar, ni que descubrir, ni que cazar.
Aquella vez susurraste, hermosa mía, las cuatro esquinas del mar.
Yo no supe qué decías.
Pero sabía que tú lo sabías.
Y bastaba. Y moría.

Israel Barranco

Neverland.

Neverland significa volver.
Más allá de eso, significa que se ha avanzado lo suficiente como para haberse dado cuenta de que se quiere volver.

Neverland es el lugar escondido en las estrellas. Es la luz que brilla, o que brilló en su día, y cuyo círculo de luz dejó de pertenecernos cuando cambiamos. Cuando la vida nos cambió. Sin contar con nuestro permiso, sin esperar signo alguno de preparación o aceptación en nuestros ojos de niño.

Neverland significa volar. Sobre miedos, incapacidades y cegueras. Volar alto, sobre los ríos de inseguridad, que desembocan –sin excepción –en el mismo mar. Volar sobre los obstáculos, las malditas piedras de tropiezo de siempre.

Neverland siempre significó la compañía. Manos que nos hacen sentir seguros en el vuelo que alzamos, por corto o largo que sea. Sabernos a salvo, amparados por el encantamiento de cualquier hada que se preste a tal cometido.

Significa la fe ciega. La certera. La que brota, como sangre caliente e imparable, desde el núcleo mismo de la herida. Fe tan poderosa que nos eleva, nos sostiene y nos salva de las fauces de cocodrilo que amenazan engullirnos.

Neverland es el panteón sagrado erigido a la inocencia perdida. Todas las criaturas que fuimos, todos los sueños que tuvimos. Las certezas sobre lo que era lo más importante. La sabiduría del juego. La paz que daba el querer entregarse plenamente en cada cosa que se hacía.
Sentirnos a salvo. De la vida y sus golpes. De los que nos lastiman. De nosotros mismos.

Neverland es ese lugar.
Nunca Jamás. Porque, jodida ironía, uno descubre que ese lugar existía cuando ya no pertenece a él. Y, haga lo que haga, no puede regresarse. La sombra voló hace tiempo. La descosimos sin querer.
Por descuidados.
Por descuidarnos.
Por crecer.


Israel Barranco

El secreto de la felicidad

En ocasiones, la vida parece disponer la sucesión de hechos dolorosos en intervalos demasiado cortos de tiempo. Los golpes impactan, implacables, sobre nuestros sueños, nuestras esperanzas, reduciendo las seguridades a mero polvo que se escurre entre los dedos. La injusticia, el daño o la desesperación suelen rondar entonces los días y las noches. Aves rapaces que sobrevuelan en círculos la derrota, esperando la debilidad que les proporcione el festín.

No desesperes entonces. Has de mantenerte firme.

Conozco a muchos que se vieron vencidos por el peso del vuelo de semejantes pájaros. La amenaza de la sombra sobre cada instante fue demasiado para ellos. Enloquecieron. Cedieron a la pena y a la angustia.

No lo hagas. Has de mantenerte firme.

Nadie dijo que la vida fuera justa, ni sencilla. Vivir no es para débiles. Cuanto antes aprendas a convivir con el dolor, antes podrás dominarlo. Sé consciente de que, antes o después, vas a recibir un golpe. Aprieta los puños, y prepara tu mente para la batalla.
La vida juega sus cartas, de modo que nosotros carecemos de control sobre la partida. Creer que podemos controlar los acontecimientos sólo consigue arraigar la angustia, bien hondo, en la sangre. No. No tienes control. Asúmelo. Lo que sucede, sucede por alguna razón. O quizá no. Pero el orden en que se acontecen las heridas no te corresponde a ti decidirlo. Sucede y punto.

Y justo ahí reside el secreto de la felicidad. Controlar lo que es controlable. Lo que nos corresponde escoger a nosotros es nuestra reacción frente al golpe. Podemos elegir ser felices. La gente asume que los vaivenes de la vida son los que marcan el estado de felicidad o infelicidad. Falso. Lo externo solo se interioriza a través de un proceso de asimilación, y somos dueños de ese proceso. Podemos optar por convertir cada herida en una cicatriz sabia, o en una gangrena putrefacta. Somos dueños del proceso.

Por eso la felicidad no reside en el dinero, ni en lo material. Ni siquiera en los amigos, o en la familia. La felicidad es la elección que hacemos sobre la forma en que asumimos, procesamos o utilizamos cualquier elemento exterior. Cierto es que hay cosas que ayudan, que provocan alegría de forma casi automática: los buenos ratos con los amigos, la intimidad familiar, o unas vacaciones en el Caribe.
Pero eso no es felicidad. Es alegría. Y, ¿en qué se diferencian? En que la alegría es una emoción y, como tal, está condenada a una existencia intermitente… mientras que la felicidad es una opción. Y como tal, puede sostenerse en el tiempo todo lo que queramos. Toda la vida.

Ser feliz es aprender a usar el dolor en nuestro favor. Es no permitirnos comportarnos como personas tristes, egoístas o desesperanzadas. Es ejercer control sobre lo que podemos controlar. Y lo demás, dejarlo a la vida, o al azar, o a Dios. Cada uno sabrá.
La felicidad es una elección. Dura. Implica una tensión constante contra (y a favor) de uno mismo. Somos dueños de nuestras reacciones. Somos nosotros los que decidimos hasta dónde nos duele la herida, o hasta cuándo puede ésta permanecer abierta. Entonces, podremos ser felices con poco o con nada. Podremos ser felices a pesar de las dificultades. Porque el secreto de la felicidad no reside en tener una vida cómoda o llena de placeres. Qué va. Reside en convertir cada recodo del camino en una oportunidad para crecer, aprender y disfrutar.

Elegir,
y mantenerse firme en esa elección.


ibarranco

El umbral del dolor

Los seres humanos tendemos a huir del dolor.
Más allá de un simple mecanismo de supervivencia, creo que esto tiene que ver con nuestro orgullo. Queremos creernos invencibles, inmortales, todopoderosos.

Y sin embargo el dolor está ahí, cual espada de Damocles, pendiendo sobre nosotros para asaltarnos cuando tengamos la guardia baja.
El dolor es la expresión más profunda de nuestra humanidad. Es lo que desata la empatía a borbotones. Por eso cuando vemos lágrimas se nos viene abajo el enfado.
Qué curioso es llorar, ¿verdad? A nivel biológico, las lágrimas cumplen la simple función de humedecer los globos oculares para que no se dañen por la sequedad. No existe ninguna conexión entre el estado de ánimo y la necesidad de limpiar los ojos. Cuando lloramos, lloramos porque queremos, porque a nivel fisiológico es una acción innecesaria.

Y el nudo que se forma en la boca del estómago cuando vemos llorar a alguien. Inmediatamente, hemos de reprimir las propias ganas del llanto. Nos ponemos nerviosos, no sabemos qué hacer. Los humanos no somos capaces de soportar el dolor en nuestros iguales.
A veces me abrumo. Hay días que paso tanto tiempo en contacto con el dolor ajeno que, si no tengo cuidado, éste acaba por engullirme.


Tengo mis trucos. He tenido que fabricarlos.
Uno de ellos es escapar mediante el deporte. Hago deporte porque me gusta, es verdad. Pero una parte de mí hace deporte porque quizá mi cabeza necesite un espacio en el que sepa que el dolor está, por completo, controlado. Y que sirve para crecer.

Hacer deporte es doloroso si te exiges. Cuando intentas levantar un montón de peso, y tus músculos no están acostumbrados, tu cuerpo se resiente. Duelen los brazos de verdad. Se rompen las fibras musculares.
A mí me tranquiliza. Quizá cuando hago deporte me siento como todos queremos sentirnos: inmortal e invulnerable. Es echarle un pulso (literalmente) al dolor. Obligarte a aguantar un poquito más. A ejercer el dominio sobre la sensación.

Y después cojo esto, y lo aplico al resto de mi vida.

Israel Barranco

La lluvia

La lluvia siempre tuvo ese poder. Siempre supo aplacar los infiernos desatados.
La lluvia trae consigo esa luz apagada, fría. Las ventanas mojadas siempre fueron excusa para la melancolía y la regresión. Quedarnos en la cama un poco más, arropados hasta los ojos. Bendita ilusión: calientes y acurrucados, somos capaces de hallarnos de nuevo en el útero materno.
La lluvia siempre supo desatar las tristezas, adormiladas, que aún se agarran al estómago con dedos de fino hielo. Siempre trajo el rumor de las gotas golpeando todo lo que no fuimos capaces de resguardar.

La lluvia siempre supo enseñarnos a apreciar las cosas pequeñas. El café caliente. El resguardo. La luz.
Siempre viene, inevitable, a mojar el suelo. Y a tejernos el alma con puntadas de hilo fino, que pliegan la soberbia y la autosuficiencia.
Cuando llueve, todos queremos dormir un poco más.

Parece la única forma de mantenernos a salvo del resto del mundo.

ibarranco

El valle de los caídos

Hay gente que está rota.

Que son imposibles de reparar. Gente a la que la vida ha vapuleado de tal forma que las heridas son imposibles de cerrar. Gente con la autoestima por el suelo, enterrada bajo tierra. Gente que se repite a sí misma “no puedes, no sirves, no te mereces, no eres capaz”.
Gente que se cuelga, a la desesperada, de los brazos del alcohol o las drogas. Callejones sin salida que solo saben llevar al mar.

A veces me siento a verlos pasar por la vida, como quien se sienta en una estación de metro a ver pasar los viejos trenes. Los contemplo arrastrar los pies por las aceras, encorvados de espalda y raquíticos de sueños y esperanza.
A veces se me olvida la lógica y lo que ya sé, y me acerco. Me dejo arribar en sus orillas, infectadas de problemas. Me descalzo y me siento un rato, a tomar un café, o a acercarlo en el coche un par de calles. Escucho.

Y se desbordan. La vida los desbordó, y en algún momento, dejaron de luchar por intentar reconstruir el dique. Ese fue el error. Abandonar. Es el patrón que siempre existe, anclado al fondo del tugurio, enterrado en la capa más antigua de la cicatriz.

A veces intento meter mano al asunto. Ofrezco todas las luces que tengo, y las fuerzas. Me siento a hablar, a sabiendas de que ya ni siquiera escuchan. Dejaron de escuchar a todos, a sí mismos. Fantasmas sordos al ruido de sus propias cadenas.

Y confirmo que no es suficiente. Ya nada es suficiente para cambiar ese perfecto equilibrio de autodestrucción. Las fuerzas que entran en juego están demasiado enraizadas, son demasiado viejas.
Y entonces vuelvo, apenado, a mi sitio de siempre. Observo.

Y en silencio espero,
como todos,
un milagro.


ibarranco
Había una vez un barquero, cuyo trabajo era recorrer el río desde su nacimiento hasta la desembocadura buscando piedras blancas.

Aquella mañana, se levantó muy temprano, como de costumbre, y se abrigó bien. Comenzó a navegar justo cuando despuntaban los primeros rayos de sol.
Se pasó las primeras horas de la mañana escrudiñando el agua, como de costumbre. Ahí, justo al lado de la ribera, vio la primera piedra. Sin embargo, estaba muy lejos. La corriente tiraba de la barca en dirección a la otra orilla, y el barquero se dio cuenta de que remar contra corriente iba a ser un esfuerzo inútil. Ya encontraría otra piedra.

La siguiente piedra blanca estaba atrapada entre las ramas de un árbol que crecía justo en medio del río. “¡Qué curioso!”, se dijo. No era normal que un árbol creciese justo en medio de un río. El barquero se entretuvo admirándolo, y cuando quiso darse cuenta, había pasado de largo frente a la segunda piedra.
La tercera relucía, coronando una pequeña montaña de guijarros, en un recodo del río. Era preciosa, y muy grande. “Pagarán bien por ella”, se dijo el barquero. Acercó su barca a la montaña, e intentó alcanzarla con la mano. Sin embargo, estaba muy alta. Pensó en servirse de uno de los remos, pero temía perder el equilibrio en la barca, y era probable que la corriente acabara arrastrándolo río abajo, así que decidió esperar. Y así pasó con todas las piedras blancas que halló: una estaba en el nido de un pato, otra parecía muy vieja y sucia, la siguiente estaba en una parte muy profunda del río…

Y el barquero llegó al final, sin ninguna piedra. Y ya, demasiado tarde, se dio cuenta de que se había dejado arrastrar por la corriente.
Ojalá en nuestra vida no pase lo mismo que en la vida del barquero. Ojalá sepamos remar hasta donde haga falta con tal de conseguir nuestras piedras blancas.

Quien se deja llevar por las circunstancias y no organiza todas sus acciones para conseguir lo que se propone, acabará desembocando al mar con las manos vacías.


Israel Barranco