Bienvenidos al mundo que he recorrido en mis vaqueros.
Espero que disfrutéis de las vistas.

Ciclos. Verano.

La sangre palpita, furiosa, bajo la piel. Ritmo constante, sórdido.

Las cigarras cantan para mí, escondidas tras sus propios temores. Como yo mismo, a veces.
Resbala sudor por mi frente,
y me gotea hasta el centro de los ojos. La espalda que arde, asándose al ritmo lento del fuego que se sostiene en el aire.

No queda frescor: se ha evaporado. Ni agua, ni brotes verdes.


Verano atenaza la garganta con el sabor del polvo seco que se levanta a cada pisada. Verano es el retumbar sordo del volcán en la nuca, en las piernas. Brazos ennegrecidos. Y sed.
Verano es tierra arrasada de fuego. Tierra que ansía agua. Se resecan hasta las raíces mismas de los árboles. Y sin embargo, frutecen.

Verano es ausencia de agua en la abrasadora mañana. No hay humedad, en ningún lado. Sólo en la ofrenda entregada en cada rama, en cada mata.
La vida misma que es regalo, a pesar de los fuegos pesados de Verano.

ibarranco

Tienes tarántulas en las pestañas.
Huracanes sombreados que coronan tus miradas.
Tienes raídos pedazos de cielo encerrados en los ojos. Malditas ventanas abiertas al abismo.
Precipicios que se abren, desde el fondo mismo de la Tierra,
cuando aleteas, desapasionada, las pestañas.
Bendita crueldad con que me juegas.

Tienes tarántulas en las pestañas.
Negras, frondosas, estiradas.
Ansiosas por atrapar. Impregnadas con tus venenos.
Y lo peor es que lo sabes: conoces el encanto de tus patas de araña.

Utilizas la hermosura, endiablada maestra del encanto.
Abres cada día las entrañas del infierno, maldita,
cuando te me cruzas y me miras.
Y me rajas el tiempo y el espacio sin esfuerzo.
Y ya ningún cielo ni abismo me interesan:
no existe nada
más allá de tus arañas.



Israel Barranco

Ciclos. Primavera

Restos de nubes penden aún de la hierba fresca. Esta noche, el cielo ha bajado  a ras de la tierra fértil y nueva. Los surcos, abiertos como heridas palpitantes de la misma naturaleza.
Las semillas se retuercen, impacientes. Ávidas de vida. La siembra espera. Tiempos de primavera.
Hojas nuevas, brotes tiernos en las puntas de ramas viejas. Signo mismo del ciclo: La vida es un constante renovarse.

Eróticas flores que se abren. Plenas. Que prometen néctar y miel a las abejas laboriosas. Primavera es rayos de sol descosidos, esparcidos por los campos sin orden alguno. Es salvaje crecimiento: tiempo de brotes.  Primavera es aire plagado de zumbidos. Es canto repetitivo y agudo de cien picos de pájaro. Es musgo verde que cubre la madera muerta y podrida.

                                    A lo lejos, lo oigo. El río corre de nuevo. Salta, empuja y avasalla el lecho que tanto tiempo yació seco y vacío. Música hecha agua, promesa de un verano cargado de frutos.
Ya vendrá el calor que hará buscar la sombra. Ya vendrá el frío que acompaña el fin de la vida, en el eterno ciclo.

Ya vendrá.
Ahora es tiempo de nacer. Explotar. Florecer.


Y llenar el aire de sueños nuevos. Y de nuevos ritmos de espera.

Alzar la cabeza hacia el cielo limpio de nubes y miedo.
Los pies plantados sobre la hierba fresca.
Hoy soy más fuerte.

No es la certeza de la invulnerabilidad en mi piel.
No.
Son más bien las cicatrices de mi espalda.
Restos de heridas que aprendí a curar.

Ahora sonrío: me retumba el corazón en el pecho.
Miles de notas se arremolinan en mi cabeza.
Música, en el fondo de mis ojos.
Más allá de la piel, más hondo que el hueso y la carne.

Hoy soy más fuerte.
Lo afirman los callos en mis manos.
Las rozaduras de mis pies.
Lo dicen las arrugas de mis ojos,
la curva de cansancio de mi boca.

Ahora brillo.
Incandescente, como una estrella caída del cielo.
Con la seguridad de un amanecer despejado.

Soy frágil humano.
Pero tengo la fuerza indestructible de la fe en el corazón,
y la sabiduría de las trampas de la vida cosida en cada una de mis cicatrices.

ibarranco
Después de un tiempo de espera, ¡por fin han terminado de editar "Los tres días de Duende"!
Me he emocionado al ver la portada jejejeje
Aquí os dejo tres enlaces en los que podéis adquirir el relato. Que lo disfrutéis.


Ahora no es tiempo de promesas. Ni de alegría.
Corren tiempos difíciles.

Es tiempo de resistencia. Como la flor del almendro. Es ella la que se atreve a anunciar la esperanza de la primavera en la crudeza más absoluta del invierno.
Arriesgándose a helarse, a no dar fruto. Y aún así, florece. Rebelde. La muerte no nos tiene.
Nos perdió para siempre cuando aprendimos a agarrar la esperanza entre los puños apretados.

Hoy, más que nunca, la vida es un acto de resistencia y de re-existencia. Como nos cuentan las flores.

Israel Barranco

Amanece.

Me tomo el café. Hoy lo cargaré más de lo normal.
Los lunes siempre se agarran al tiempo más que el resto de días de la semana.
 La casa respira sueño. Es temprano
Las puertas aún están quietas: los fantasmas que las golpean ayer no vinieron a cenar.
 Vaqueros.                                                                                                               Como siempre.
 Remoloneo un poco más.
Qué placer tan sencillo y barato.                                     Remoloneo.                                      Remoloneo.
Hoy hace frío. Me abrigo bien antes de salir. 
Con el cuerpo cálido siempre se piensa mejor.

Incluso en las mañanas quejumbrosas del invierno.
Como la de hoy.

Viejos barcos vienen a encallarse en orillas ya conocidas. Conozco estas brumas. Ya las palpé una vez. Conozco el blanco que las espesa, como si fueran mezclas de harina en el frío aire de la tarde.

Ya he vivido el estruendo de la madera al romperse. Cáscaras frágiles que osaron desafiar al mar. Conozco ya los gritos de los marineros. Angustia que les roba la dignidad con que abandonaron sus puertos. Ya sé de sus secretos, de sus aventuras. Sé de sus vidas: las tengo entre mis dedos.

Conozco la sal que disuelve mis protuberancias de continente: Firme constancia entre el oleaje traicionero. Conozco la historia, la viví cientos de veces.

Al final, el arrullo de las sirenas será lo único que vibre en la noche. Música sostenida sobre el hálito del fracaso, aún reciente y cálido.

Y la quietud volverá al tiempo y al espacio. Hasta que algún viejo barco venga a estrellarse de nuevo a estas orillas solitarias. Entonces, la madera y la carne volverán a contar la historia. Nuestra historia.

Israel Barranco

Ciclos. Invierno


Ha llegado. Creo que para quedarse. Invierno ha traído consigo toda su calma. Fría calma. Impávida, la vida.
Esta noche el aliento se me escapa en vapóreas vocales mudas. Paraísos desolados a mis pies. No hay nieve. No la necesito para saber que todo está frío. Congelas los alientos y los sollozos, Invierno.
La luna escruta, distante. Se muestra llena ante aquel valle vacío de vida. Abrasada hasta la última flor: ya no es tiempo de promesas frágiles.
Sólo montañas oscuras recortadas contra el cielo. Frío en los pulmones. Frío arraigado en mi vientre. Las manos agrietadas. Demasiado frío para la piel cálida.
A lo lejos, escucho el ladrido de los zorros. Han salido a cazar.
Has traído contigo todos los tonos de la agonía, Invierno.
Te estás construyendo un palacio de hojas escarchadas y carámbanos afilados en lo que antes era mi hogar. Has traído hasta la última costra de silencio.

Invierno, tu calma ha abrasado mi casa.

Israel Barranco

Ciclos. Otoño


Otoñecía. Ya adentrado, bien metido en los huesos. Lo noté por el aire, que se hizo más denso. El viento traía las manos húmedas, como si hubiera andado escurriéndoles los cabellos a las sirenas del norte.
Otoñaría, porque todo se colmaba de nubes grisáceas. Apelmazadas, cubrían los cielos hasta el fin del mundo. Hasta más allá de los confines de la tierra.
Otoñaría. Lo sentía en los labios, que se me agrietaban por el frío y por el paso de los años. Otoñaría aquel año, como tantos otros.
Las águilas sobrevolaban el prado enverdecido. Danzaban, hipnóticas, en círculos infinitos. Viciadas en sus propios vuelos. En sus chillidos eufóricos. Salvajes, como la libertad en estado primigenio.
Ellas eran las que marcaban el tiempo. Siempre lo habían sido. Aquel año, entre las plumas pardas de sus alas, el aire tañía distinto. Sonaba de un modo extraño.

Otoñecía, sí. Pero no como siempre. Aquel otoño se presagiaba diferente.

Israel Barranco