Bienvenidos al mundo que he recorrido en mis vaqueros.
Espero que disfrutéis de las vistas.

Es la experiencia de vacío. De encontrarte, de repente, en medio de ninguna parte. Saberte lejos de todo, de todos. Nada.

Soledad que pesa en los hombros. Que ha pesado desde siempre, desde que uno toma conciencia de la propia identidad. Soledad que se aferra con demasiada familiaridad, a las manos, al cuello. A cada centímetro de piel que acoraza, inexorable.

                Que se busca. Soledad amiga. 
                              En ella no hay dolor. 
    No existen las heridas de los otros, ni siquiera las puñaladas de la vida te alcanzan.

Y sin embargo, pesada carga. Todo el peso del mundo recae sobre una única espalda. Demasiado pequeña, ¿verdad? Demasiado solitaria como para arrastrar la montaña. Ni a base de fuerza, ni de tesón, ni de fe.
Soledad que endurece. Aleja, y aleja, hasta el infinito. Tan lejos donde nadie pueda llegar, donde nadie pueda alcanzar las fisuras del disfraz de autosuficiencia y poder.
Sin disonancias que rompan el equilibrio, ni música más que la propia. Sin nadie que perciba las lágrimas, ni los defectos. Desde la cima, uno no puede permitirse parecer blando.

Soledad ansiada y odiada. Esfuerzo en crear alas de plumas y cera para volar cerca del sol. Quizá con la esperanza de que el sol derrita las alas, la cera y la coraza, y nos devuelva algún día a alguna tierra menos extraña.

A algún cielo menos vacío.


israel barranco

Hoy tampoco podré dormir. Lo sé: Ya escucho a mi corazón galopando, sollozándome en el pecho. Esta noche será de esas en que no conseguiré ahogar bajo las mantas los bocados agrios de la existencia. Tal vez libere algunos monstruos.

Hoy no podré dormir. Habrá constelaciones completas girando y girando en mi habitación, proyectando sombras peligrosas en las paredes. Habrá sonetos que floten en mi almohada. Tal vez libere canciones que te traigan a mí. Que suavicen un poco el hueco acusado de tu ausencia.

Tal vez esta noche me vaya, a donde siempre voy. A donde nunca he estado. A algún tejado de zinc de esta ciudad, o de cualquier otra. Puede que esta noche me haga agua, y elija caer con ruidos sordos en tu ventana, para llamar tu atención. Aunque mi consciencia no quiera. Puede que dirija algún barco de papel, que flote por cualquier río, mar u océano que se aleje de ti.

Esta noche no podré engañar al alma, lo sé.

Así que tal vez encadene mi mirada a los límites conocidos de la sábana. No, no me permitiré buscar ni una vez más el rastro embriagador y dañino que has colocado, cuidadosamente, a mis pies. Ya conozco las trampas con las que cazas.

Esta noche no podré dormir. Ya sé. Pero no habrá ninguna cenicienta traicionera que se me escape a medianoche. Estaré bien despierto, velando. Espantando tus fantasmas de mi cama.

Israel Barranco


¿Y si un día los hombres se levantaran de forma diferente? Quizá, bajo una mañana con un color distinto.
Y si nos aferráramos a todas las manos que encontráramos, sin importar a quién pertenecen. ¿Quién nos detendría?
Quizá una ola gigante latiera desde la unión de los dedos, y destruyera todo a su paso. Como un terremoto creador, que derrumbara casas, hospitales, bancos y templos.
Quizá el hombre aprendiera a dibujar, de una vez, los trazos del Bien y del Mal, consciente del daño que provocan en este paraíso saqueado que es la vida. Que es el mundo que hemos construido. Y que hemos destruido.
¿Y si nos negáramos todos a ir a trabajar? Si nos negáramos a conceder valor al dinero. Si no encendiéramos la radio ni la televisión. Si quemáramos los periódicos y destrozáramos los ordenadores.
¿Y si de verdad nos preocupásemos por el hambre, y diéramos de comer a los hambrientos? Si ésa fuera la prioridad.
Avanzar, a lo largo del globo, hasta recorrerlo entero. Avanzar, de la mano, formando una muralla que ninguna ola de egoísmo ni podredumbre pudiera atravesar. A nuestro paso, curar. Alimentar. Acunar. Donar.
Quizá, bajo los pies descalzos, el mundo vaya adquiriendo un nuevo color. Quizá lo lavemos del todo, a base de sudor y lágrimas de arrepentimiento.
Quizá consiguiéramos volverlo digno, reconocible. Quizá aprenderíamos a llamarlo hogar.

Israel Barranco

El ser humano no es la especie más fuerte del planeta. No somos la más rápida, y puede que ni siquiera la más lista. La única ventaja que tenemos es nuestra capacidad para cooperar, para ayudarnos mutuamente.  Nos reconocemos los unos en los otros, y estamos programados para la compasión, el heroísmo y el amor. Y esos son los elementos que nos hacen más fuertes, más rápidos y más listos. Es la razón de que hayamos sobrevivido. Incluso de que queramos hacerlo.

Touch

Uno de los cuentos que nos hacen creer desde que somos pequeños es que tenemos el poder de conseguirlo todo. Que todo depende de nosotros, que con esfuerzo podemos llegar adonde queramos. Que no hay nada que no podamos tener.
Y todo es falso. Es falso porque hay demasiadas cosas que no podemos controlar, demasiados factores que no penden de nuestra voluntad, o que se mueven por inercia propia (movimiento que no siempre coincide con el de nuestro carácter).
Ahí llega la depresión, la tristeza. Porque, tarde o temprano, todos acabamos por darnos cuenta. Los niños crecen, y se terminan los finales idílicos, la sensación de invulnerabilidad desaparece.
Hay quien se resigna, baja la cabeza y se deja arrastrar por la corriente. Hay quien se aparta del mundo, quien se estrella al negarse a asumir su fracaso. Quizá los jóvenes seamos más propensos a estrellarnos, y a medida que nos vamos haciendo mayores, vamos agotando la batería, y comenzamos a renquear. A dejar de luchar batallas perdidas.
Supongo que el secreto está en aprender a aceptar. No a resignarse ante todo. Pero sí a aceptarlo. Aceptar que a veces, pones todo tu esfuerzo, todo tu trabajo, y resulta que es insuficiente. Aceptar que no somos dioses, ni titanes. Que tenemos fuerzas limitadas, que nos equivocamos. Aceptar que a veces no somos suficientes. Que a veces nada de lo que tenemos es suficiente. Que no somos tan únicos, ni tan especiales. Que en el mundo de verdad nuestra cara es una más entre la multitud.
Aceptar que hay dentro de nosotros cosas que no siempre funcionan bien. Que no somos perfectos, que a veces podemos ser malvados o egoístas. Que tenemos que aprender a dormir con decisiones equivocadas en la almohada, y que otras decisiones pueden dolernos toda la vida. Que no somos santos, ni somos los protagonistas de la película. Ni los más guapos, ni los más graciosos, ni los más simpáticos. Que a veces caemos mal a la gente. Que tenemos el culo gordo, o las orejas de soplillo.
Aceptar debe ser el primer ejercicio que se ponga en práctica cada mañana. Creo que ésta es la única forma de sobrevivir. Si no, la vida se transforma en una cosa horrible, en la que apenas tenemos tiempo de recuperarnos de un fracaso, cuando ya tenemos otro problema delante.
Y así hay gente que se va hundiendo en un agujero oscuro. Gente que se vuelve tan sombría que es capaz de robar la luz de un día claro. Gente que transforma las aventuras en ataques de pánico, y las relaciones con los demás en una sucesión de odios y lágrimas que no tiene sentido ninguno.
Y yo no quiero ser como ellos. Por eso me empeño en aceptar. Me prohíbo que los fracasos me arruinen las semanas, y que los NO me hagan sentirme insuficiente y pequeño como persona. Esta postura puede parecer la más sana y fácil de asumir del mundo, pero la verdad que es que supone un esfuerzo terrible. Consiste un pulso constante contra las propias emociones.
Pero, y si no ¿qué nos queda? Nuestra reacción ante las situaciones es lo único que nos pertenece por completo, que es enteramente nuestro. Podemos arrastrar los fracasos como pesadas cadenas, o utilizarlos para analizarnos por dentro y crecer. Lo externo no nos pertenece: pertenece al mundo. Al mercado, a la nota media, a los gustos de otros, al IVA y a las entrevistas de trabajo.
Lo que es nuestro, lo que no puede trastear nadie más, es lo que sucede dentro de nuestro corazón. Y sobre ello sí que podemos ejercer control.
La felicidad consiste en controlar lo que es controlable. Y dejar el resto para que la vida lo desenrede como quiera. Y, sea lo que sea, aprender a aceptarlo con una sonrisa.

iBarranco




"El día de hoy marca el punto y final de una etapa. De una etapa de camino compartido, de lucha, de formación. Ahora salimos al mundo de verdad, pero eso no tiene por qué cambiar lo que somos, o nuestras ganas.  Porque el futuro hoy es nuestro. Así que salgamos afuera, con la cabeza alta. A coger lo que es nuestro por derecho propio."
iBarranco.
Fragmento del Discurso de Graduación.


"now you're just somebody that I used to know"
Era un niño con mirada de viejo. De cansado. Y sin embargo, desde el fondo de los ojos le relucían, tenuemente, sus ilusiones de niño.


iBarranco
Huele a cambio y a emoción contenida.
A verano que se acerca y a final.
Huele a cosas que se acaban, y a espacio para realizar nuevas elecciones.


El futuro siempre ha tenido ese olor especial.
Como a presagio incandescente. Y a amaneceres tímidos.

iBarranco

-Me encantaría vivir aquí -dijo Max.
-Sí. Iba a ser un sitio donde sólo pasaría aquello que quisieras que pasara -dijo el monstruo, encogiéndose de hombros- Supongo que si ya no puede ser pues… acabaré comiéndome los pies.

Donde viven los monstruos.