Bienvenidos al mundo que he recorrido en mis vaqueros.
Espero que disfrutéis de las vistas.
"La vida es un acto de resistencia y de reexistencia"
Aquella mañana el tiempo estaba nublado. No había galletas en el mueble y hacía frío.
Olía a café.
Y entonces fue cuando decidió que aquella mañana era maravillosa.
Y que todas las mañanas iban a ser como aquella.
Si, aquella mañana olía a café. A café recién hecho.

Israel Barranco
Todo lo que necesito en este momento es un abrazo. Un gesto tan antiguo como la humanidad, y que significa mucho más que el encuentro entre dos cuerpos. Un abrazo quiere decir: no me amenazas, no tengo miedo de estar tan cerca, puedo relajarme, sentirme en casa, estoy protegido y alguien me comprende. Por favor, abrázame ahora –le pido.

Aleph. Paulo Coelho
La vida es muchas cosas.

Vida es rendirse y vida es seguir adelante. Vida es llorar, y es reír. La vida oscila, constantemente, en esa tesitura de lo dual. Bien, mal. Feliz, triste. Correcto, incorrecto. Y ahí en medio estamos nosotros, bailando de un extremo a otro, a veces, rozando límites. A veces sin saber muy bien hacia qué lado tirar.

La vida es lo inesperado. Y es aprender a reaccionar ante ello.
Reacción de bloqueo, de huida o de ataque.

A veces nos sorprendemos de nuestras propias fuerzas, totalmente inconscientes a su potencial hasta el momento justo en que debemos tirar de ellas. A veces nos caemos, porque calculamos mal el salto y no llegamos.

Entonces vida es levantarse, enjuagarse las rodillas con betadine y empezar a caminar otra vez.

Israel Barranco
Estuvieron riéndose cinco minutos. Después abandonaron toda esperanza de sobrevivir. Allí, rodeados de desconocidos, en medio de la nada, se abrazaron tan fuerte como pudieron, y esperaron en silencio a que llegara el final.
Eran conscientes del suave latir de sus corazones, apretados el uno contra el otro. Y luego... Luego no sintieron nada más.

Israel Barranco
Cada uno viviendo, a tientas, la vida que le tocó vivir. Rozando, arañando y mordiendo las paredes de su propia alma. Procurando hacer el menor ruido posible. Y sobre todo, que el dolor sea suave y que no nos pille con la guardia baja.


Sujetando, entre los dientes firmemente apretados, cada canción que nos contó una vez lo hermosos que eran los días. Canciones que saben a heridas, a derrotas y a luchas. Y de vez en cuando -muy de vez en cuando -a gloria y a triunfo peleadas hasta el borde de la extenuación.


Y sin embargo, seguir viviendo a contrarreloj la vida.
Esta perra y bendita vida.

Israel Barranco
-¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa"crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchacho igual a otros cien mil muchachos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes.
Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. 
Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado.





"El Principito"

dos de noviembre

Lo bueno del paso de los años es que filtra las cosas. Igual que el sembrador separa la semilla buena de la mala, el tiempo se encarga de separar lo permanente de lo transitorio. Lo verdadero de lo falso, lo imprescindible de lo accesorio.

Veintiuno es mirar atrás y contemplar el camino recorrido. Recordar las primaveras, los veranos, los otoños y los inviernos. Revisar las huellas hundidas, las que se pisaron de forma insegura. Las huellas de las carreras. Los recodos del camino en los que nos sentamos a descansar.
Veintiuno es comprobar las huellas que continúan –a pesar del sol agotador, de la lluvia o de la nieve –al lado de las huellas propias.
Veintiuno es descubrir la certeza de los caminos entrelazados. Es mirar las montañas que se han de atravesar como un reto que hace crecer.
Veintiuno es aprender a aceptar lo que se quedó atrás en el camino. Es caminar con lo puesto, con la sabiduría que el pasado nos regala y la esperanza de un futuro de sendas nuevas. De nuevas huellas.

Veintiuno es cerrar los ojos y dar un paso adelante.


La felicidad es ese instante.
Justo en el que te quedas sin respiración.
A quien dibujara las líneas de mi horizonte se le torció el dedo. Llevo toda mi vida mirando horizontes torcidos. En el campo, las montañas recortaban sus formas salvajes contra el cielo. A veces, cuando había tormenta, las siluetas de los árboles danzaban furiosamente sobre el fondo gris amenazante del cielo. Entonces daban miedo. Parecía un horizonte oscuro, cargado de presagios terribles que no podían dejar tras de sí algo que no fuera dolor y sufrimiento. Otras veces, en las tardes de verano, se dejaban adivinar como horizontes silenciosos, apacibles. Los árboles se estaban quietos, tan quietos que a veces parecían contener el transcurso del tiempo entre sus garras de madera que apuntaban al cielo. Entonces, siempre olía a jazmín y a hierba seca, y el sol se ponía con lentitud entre los horizontes torcidos. Entonces, mis horizontes se dulcificaban, y la angustia se borraba como si nunca hubiera existido la más leve tormenta.
Había otras veces en que me sentía encerrado entre tantos horizontes inclinados hacia mí, siempre altos y lejanos. Los horizontes que se dibujan entre montañas siempre apuntan hacia abajo.
Entonces empecé a descubrir horizontes nuevos. Deslumbrado quedé, con la fascinación que siempre despiertan las cosas nuevas. De los primeros horizontes que conocí, y de los que tomé consciencia, fue el de la playa. El mar siempre dibujaba un horizonte perfecto, silencioso, inmutable. A veces se dejaban entrever los pensamientos del océano, cuando las pequeñas olas rompían en la arena. Sin embargo, el horizonte seguía tan quieto y liso como el mismo cielo. Era en aquellas tardes cuando el sol se ponía y se volvía –solo entonces –el horizonte más bello del mundo. Trastocado de su color original, los reflejos de la luz agonizante transformaban la playa en el paraíso. Entonces, el cielo parecía rozarse con la arena caliente, y todo el horizonte se volvía un círculo cerrado que empezaba y acababa en el mismo sitio. En aquel momento la quietud se volvía tal que uno podía hablar consigo mismo, cara a cara. Sin embargo, era un horizonte estático. Incluso en plena tormenta, con enormes olas agitadas y torbellinos de arena mojada que subían y bajaban, el horizonte seguía liso, terso. Inmutable. Demasiado irreal como para ser mi horizonte.
El segundo horizonte que conocí fue el no-horizonte que se precipita hacia abajo desde la ventanilla de un avión. Desde el cielo, sólo se ven las nubes. Fue tal la ansiedad que sentí cuando me monté en aquel avión, que olvidé seguir respirando. Era la primera vez en mi vida que me sentía perdido, confuso. Sin horizontes. A mi alrededor no había nada. Solo azul. Siempre azul. No, aquel horizonte estaba demasiado vacío para mí. No era aquel mi horizonte.
Después conocí el horizonte de la ciudad. Era un horizonte repleto, y siempre alto. Eternamente recortado por los bordes de los edificios, por encima de mí. Nunca conseguí ver más allá del horizonte próximo de una cornisa, de una calle. Era un horizonte acelerado, desconcertante. Aquel horizonte exigía pasos demasiados ligeros. Era camaleónico, incomprensible. Olía a vida y a muerte a la vez. Era, sin duda, el horizonte más lleno que había visto en mi vida, y a la vez el más hueco de todos. Me acostumbré a él, aunque no llegué a considerarlo jamás mi horizonte. No, era demasiado precipitante como para serlo.
Y volvía a mi horizonte de siempre, con sus líneas torcidas y sus cambios de humor. Volví a ver las líneas controvertidas de las ramas de los árboles, y la línea azul del final del mundo, que recortaba la lejanía inalcanzable del fondo del horizonte. Aprendí a aceptar los árboles que se interponían entre mi horizonte y yo. Aprendí a reconocer los gritos de libertad de las águilas, que rodeaban desde lo alto todo mi horizonte. Aprendí a disfrutar con los cantos sigilosos de los ruiseñores, que cantan desde los árboles cercanos, nunca valientes como para emprender vuelos lejanos. Aprendí a amar los días de sol intensos, que derriten todo bajo sus dedos de verano. Aprendí a amar las primeras gotas de la lluvia de otoño, que anuncia con lágrimas frías la llegada inminente del invierno. Aprendí a caminar –aun con torpeza –por la nieve, con pisadas extrañas, lentas y torpes. Aprendí a correr veloz entre las flores de primavera. A buscar el agua y a temer el fuego como muerte y destrucción de todo el horizonte que conozco.
No sé en qué horizonte acabaré viviendo. Las partituras de la vida son tan rebuscadas como imprevistas. Quizá termine conociendo otro horizonte como conozco éste. Pero tengo la certeza –al menos pasajera –de que este horizonte torcido es mi horizonte. Tal vez por la seguridad de saberlo así, conocido. Tal vez porque esta paz que despierta en el alma solo es capaz de despertarla el horizonte al que llamamos hogar.
Israel Barranco