Bienvenidos al mundo que he recorrido en mis vaqueros.
Espero que disfrutéis de las vistas.
Cada uno viviendo, a tientas, la vida que le tocó vivir. Rozando, arañando y mordiendo las paredes de su propia alma. Procurando hacer el menor ruido posible. Y sobre todo, que el dolor sea suave y que no nos pille con la guardia baja.


Sujetando, entre los dientes firmemente apretados, cada canción que nos contó una vez lo hermosos que eran los días. Canciones que saben a heridas, a derrotas y a luchas. Y de vez en cuando -muy de vez en cuando -a gloria y a triunfo peleadas hasta el borde de la extenuación.


Y sin embargo, seguir viviendo a contrarreloj la vida.
Esta perra y bendita vida.

Israel Barranco
-¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa"crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchacho igual a otros cien mil muchachos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes.
Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. 
Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado.





"El Principito"

dos de noviembre

Lo bueno del paso de los años es que filtra las cosas. Igual que el sembrador separa la semilla buena de la mala, el tiempo se encarga de separar lo permanente de lo transitorio. Lo verdadero de lo falso, lo imprescindible de lo accesorio.

Veintiuno es mirar atrás y contemplar el camino recorrido. Recordar las primaveras, los veranos, los otoños y los inviernos. Revisar las huellas hundidas, las que se pisaron de forma insegura. Las huellas de las carreras. Los recodos del camino en los que nos sentamos a descansar.
Veintiuno es comprobar las huellas que continúan –a pesar del sol agotador, de la lluvia o de la nieve –al lado de las huellas propias.
Veintiuno es descubrir la certeza de los caminos entrelazados. Es mirar las montañas que se han de atravesar como un reto que hace crecer.
Veintiuno es aprender a aceptar lo que se quedó atrás en el camino. Es caminar con lo puesto, con la sabiduría que el pasado nos regala y la esperanza de un futuro de sendas nuevas. De nuevas huellas.

Veintiuno es cerrar los ojos y dar un paso adelante.


La felicidad es ese instante.
Justo en el que te quedas sin respiración.
A quien dibujara las líneas de mi horizonte se le torció el dedo. Llevo toda mi vida mirando horizontes torcidos. En el campo, las montañas recortaban sus formas salvajes contra el cielo. A veces, cuando había tormenta, las siluetas de los árboles danzaban furiosamente sobre el fondo gris amenazante del cielo. Entonces daban miedo. Parecía un horizonte oscuro, cargado de presagios terribles que no podían dejar tras de sí algo que no fuera dolor y sufrimiento. Otras veces, en las tardes de verano, se dejaban adivinar como horizontes silenciosos, apacibles. Los árboles se estaban quietos, tan quietos que a veces parecían contener el transcurso del tiempo entre sus garras de madera que apuntaban al cielo. Entonces, siempre olía a jazmín y a hierba seca, y el sol se ponía con lentitud entre los horizontes torcidos. Entonces, mis horizontes se dulcificaban, y la angustia se borraba como si nunca hubiera existido la más leve tormenta.
Había otras veces en que me sentía encerrado entre tantos horizontes inclinados hacia mí, siempre altos y lejanos. Los horizontes que se dibujan entre montañas siempre apuntan hacia abajo.
Entonces empecé a descubrir horizontes nuevos. Deslumbrado quedé, con la fascinación que siempre despiertan las cosas nuevas. De los primeros horizontes que conocí, y de los que tomé consciencia, fue el de la playa. El mar siempre dibujaba un horizonte perfecto, silencioso, inmutable. A veces se dejaban entrever los pensamientos del océano, cuando las pequeñas olas rompían en la arena. Sin embargo, el horizonte seguía tan quieto y liso como el mismo cielo. Era en aquellas tardes cuando el sol se ponía y se volvía –solo entonces –el horizonte más bello del mundo. Trastocado de su color original, los reflejos de la luz agonizante transformaban la playa en el paraíso. Entonces, el cielo parecía rozarse con la arena caliente, y todo el horizonte se volvía un círculo cerrado que empezaba y acababa en el mismo sitio. En aquel momento la quietud se volvía tal que uno podía hablar consigo mismo, cara a cara. Sin embargo, era un horizonte estático. Incluso en plena tormenta, con enormes olas agitadas y torbellinos de arena mojada que subían y bajaban, el horizonte seguía liso, terso. Inmutable. Demasiado irreal como para ser mi horizonte.
El segundo horizonte que conocí fue el no-horizonte que se precipita hacia abajo desde la ventanilla de un avión. Desde el cielo, sólo se ven las nubes. Fue tal la ansiedad que sentí cuando me monté en aquel avión, que olvidé seguir respirando. Era la primera vez en mi vida que me sentía perdido, confuso. Sin horizontes. A mi alrededor no había nada. Solo azul. Siempre azul. No, aquel horizonte estaba demasiado vacío para mí. No era aquel mi horizonte.
Después conocí el horizonte de la ciudad. Era un horizonte repleto, y siempre alto. Eternamente recortado por los bordes de los edificios, por encima de mí. Nunca conseguí ver más allá del horizonte próximo de una cornisa, de una calle. Era un horizonte acelerado, desconcertante. Aquel horizonte exigía pasos demasiados ligeros. Era camaleónico, incomprensible. Olía a vida y a muerte a la vez. Era, sin duda, el horizonte más lleno que había visto en mi vida, y a la vez el más hueco de todos. Me acostumbré a él, aunque no llegué a considerarlo jamás mi horizonte. No, era demasiado precipitante como para serlo.
Y volvía a mi horizonte de siempre, con sus líneas torcidas y sus cambios de humor. Volví a ver las líneas controvertidas de las ramas de los árboles, y la línea azul del final del mundo, que recortaba la lejanía inalcanzable del fondo del horizonte. Aprendí a aceptar los árboles que se interponían entre mi horizonte y yo. Aprendí a reconocer los gritos de libertad de las águilas, que rodeaban desde lo alto todo mi horizonte. Aprendí a disfrutar con los cantos sigilosos de los ruiseñores, que cantan desde los árboles cercanos, nunca valientes como para emprender vuelos lejanos. Aprendí a amar los días de sol intensos, que derriten todo bajo sus dedos de verano. Aprendí a amar las primeras gotas de la lluvia de otoño, que anuncia con lágrimas frías la llegada inminente del invierno. Aprendí a caminar –aun con torpeza –por la nieve, con pisadas extrañas, lentas y torpes. Aprendí a correr veloz entre las flores de primavera. A buscar el agua y a temer el fuego como muerte y destrucción de todo el horizonte que conozco.
No sé en qué horizonte acabaré viviendo. Las partituras de la vida son tan rebuscadas como imprevistas. Quizá termine conociendo otro horizonte como conozco éste. Pero tengo la certeza –al menos pasajera –de que este horizonte torcido es mi horizonte. Tal vez por la seguridad de saberlo así, conocido. Tal vez porque esta paz que despierta en el alma solo es capaz de despertarla el horizonte al que llamamos hogar.
Israel Barranco
En el momento en que nacemos estamos enteros. A medida que vamos creciendo nos vamos partiendo en trozos, pequeños o grandes. Da igual. El caso es que nos fracturamos, nos hacemos sangre, nos desgastamos…
Al principio no nos damos cuenta: somos demasiado críos, estamos demasiado ocupados aprendiendo las reglas del mundo como para darnos cuenta de nada. Y los trozos son pequeños.
Pero a medida que uno crece, se va viendo cada vez más incompleto, más gastado. Y entonces empieza la búsqueda.
Empezamos a buscar por todas partes trozos. Trozos que sustituyan los que faltan. Buscamos con desesperación la forma de volver a sentirnos plenos, enteros.
Arrancamos, a veces a base de amor, a veces con desesperación y sin miramientos, trozos de aquello que nos llena. De personas, de paisajes, de momentos, de sueños, de deseos, de oraciones…

Porque nos sabemos incompletos, y tenemos la necesidad de volver a ser plenos, porque hubo un día en que así lo fuimos. Buscamos porque anhelamos la plenitud. Y la búsqueda constante es lo único capaz de hacernos sentir, aunque sea por un instante, llenos del todo.
Israel Barranco

Y entonces, llegó el verano.
Llegó sin avisar, después de un invierno demasiado largo y demasiado frío. Después de demasiadas lágrimas, de demasiadas peleas, de demasiados silencios. Demasiadas derrotas.
Llegó el verano en todo su esplendor. Los días se llenaron de luz. La lluvia pasó. Pasaron los miedos, las inseguridades. Pasó el dolor.
Las ventanas se llenaron de sueños nuevos, o de sueños antiguos rescatados de la basura. 
Ya no hacía frío, así que guardé, bien hondo, todos los chalecos que me aislaban del aire, todos los guantes que me impedían acariciar, todas las bufandas que escondían mi boca y hacían que pareciera inútil sonreír.

Mi vida seguía siendo la misma. Todo continuaba en su sitio. Sin embargo, aprendí a redescubrir constantemente las certezas escondidas en el camino. Andar por el pasillo de la facultad se hizo divertido. Comer allí todos los días dejó de ser una carga para empezar a ser una ventaja.
Aprendí a creer de nuevo en el amor. Rescaté lo que quedaba de mi optimismo y me vestí con él todos los días. Lo guardé junto a la pasta de dientes, para que no se me olvidara ponérmelo ninguna mañana.
Aprendí a arriesgar, y a sorprenderme por los resultados.

Aprendí a respirar profundamente el aire renovado del verano.





Utiliza la sombra. Lee, sueña, descansa. Usa tus sueños. Y si están rotos, ¡pégalos!
Un sueño roto bien pegado puede volverse aún más bello de lo que era.
M. Malzieu
No nos enseñan a morir. No nos enseñan a despedirnos de los que se mueren. Siempre ha sido un tema tabú, una consecuencia inexorable de ese “carpe diem” vacío y sintético que se nos vende constantemente en esta sociedad capitalista en que vivimos.
La muerte es lo único que llevamos bajo el brazo cuando nacemos. Sabemos que tenemos fecha de caducidad, y sin embargo, nos empeñamos en cerrar los ojos con fuerza, y repetirnos a nosotros mismos que somos inmortales. Se lo decimos a nuestros padres, para que no se preocupen si enferman. Se lo decimos a nuestros hijos, para no tener que explicarles lo que significa “morir”.
Sin embargo, es la muerte lo que dota de sentido la existencia. La conciencia de muerte lleva inherente la conciencia de vida. En el momento en que se entiende la muerte como algo tangible, posible e inesperado, se llena de contenido la vida. Empezamos a preocuparnos por dónde gastamos nuestro tiempo, con quién lo hacemos y de qué forma. Empezamos a hacer las cosas que verdaderamente queremos hacer. Empezamos a tomar consciencia de quiénes somos y de quiénes queremos ser realmente.
La sociedad empuja con fuerza al consumismo voraz. Consumimos ropa, comida, artículos de belleza y cosas para el salón de casa. Compramos compulsivamente medicamentos, y llenamos el botiquín de Paracetamol y de Ibuprofeno, para cuando nos duela el cuerpo. Consumimos relaciones sexuales y relaciones afectivas. Consumimos viajes, sueños y puestos de trabajo. Y sin embargo… ¿Qué queda? Vacío. Todas esas cosas están dirigidas a producirnos placer inmediato, a mitigar un poco ese sentimiento que pellizca la boca del estómago y nos hace preguntarnos cosas. Y nos hace buscar respuestas.

Al negar la muerte, negamos una forma de vida. De vivir la vida llenándola de vida. Como se merece.
Israel Barranco






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